La finca de sus padres se manifiesta como un espacio teofánico, casi sagrado y de protección donde ella, como una persona altamente sensible, se siente "a salvo"; pero la traición de la amistad de la infancia y del primer amor, y la aparición de un Dios ajeno e impuesto la lleva a perder la conexión con su Dios interno y con ella misma.
Es en Nueva York donde, de nuevo, se encuentra con la niña que fue, con su inociencia, su fuerza; con la tomboy, la mujer salvaje, con sus genuinas habilidades, y... con Dios. Sin embargo, algunos acontecimientos ajenos a su voluntad la obligan a regresar a España...
"El Dios de las Praderas Verdes" cuenta la historia de una supervivencia.
La lectura de "El Dios de las Praderas Verdes" no ha dejado indiferente a nadie y se ha manifestado como una búsqueda para el propio lector y una guía vital con claves existenciales.



"Deslizándose por aquella canícula; sobre los maizales y el carrizo. Allí estaba Dios. El Dios que amanecía con ella. Y El que le hablaba a través de su padre: de la Naturaleza; de los árboles frutales; de la poda; de la recolección y el riego. De los valores. De la Honradez. De la Humildad. De la Bondad…. Era el Dios que vagaba discreto, como un rumor escondido. Oculto, pero real, serpenteando al compás de aquella bruma. Con un disfraz de media noche. Encarnando el propio río. Era el Dios de los Primeros Tiempos. De Los Primeros Amaneceres. De los Sueños Posibles y de las Utopías Realizables. El Dios del Amor. El de la Humanidad. El de lo Verdaderamente Humano. El de la Sensibilidad y la Ternura. El Dios de la Compasión. De los Afectos. De la Comprensión y de la Empatía. El Dios de la Ilusión. El de la Fuerza y el Coraje. El Dios de la Valentía. El Dios de la Espesura y de la Hermosura. El Dios de los Corazones. El de la Infancia…
…Dios, enredado en aquella canícula, fue la primera experiencia de Victoria en el mundo. Aquella Inconsciente Felicidad. Los Primeros Amaneceres de la vida de un ser humano nacida en la Amorosa Naturaleza. Dios era toda aquella Belleza: los pájaros que besaban el cielo y hacían tartas en él; la canícula sobre los maizales; los carrizos reflejados en la superficie del río; la poda en invierno; el riego en verano; los abuelos, sus vacas, sus gallinas y sus rezos de rosario; la recogida de cerezas y ciruelas con Sebastián en el mes de julio y los guisos de Adela con las hortalizas de la huerta; el sol resplandeciente subido en la colina llamando a su ventana y el vergel de los manzanos; el manantial; el huerto; la fértil vega del río; y a la amorosa compañía del tierno Salvador.
Todo aquello era Dios. Eran los tiempos en que Victoria confiaba en que, de mayor y pronto, el hambre en el mundo se pasaría y todo se arreglaría para bien porque para eso había Tanta Belleza y Tanto Amor. Era tan fácil. Porque por eso y para eso estaba allí Dios, el Dios Todopoderoso...
...El Dios del Amor...
…El Dios de las Praderas Verdes".
(Primer Capítulo, Primera Parte)
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